postheadericon AGROECOLOGÍA COMUNITARIA Y AUTONOMÍA ALIMENTARIA

A partir del trabajo conjunto que desde 1994 realizamos con

comunidades rurales guerrerenses, nuestra compañera Cati Marielle,

coordinadora del Programa Sistemas Alimentarios Sustentables,

describe sintéticamente cómo “es posible avanzar hacia la

reconstrucción de la base de la vida en el campo con prácticas

sustentables, empezando por satisfacer la necesidad primordial de agua

y alimentación”.

La versión original del artículo se publicó el 27 de mayo de 2014

en el blog en El Universal de la Alianza por la Salud Alimentaria,

de la que formamos parte.

 

Muchos factores inciden en la pérdida de calidad de vida en el campo, especialmente en cuanto a la alimentación. El paquete tecnológico introducido con la Revolución Verde (semillas híbridas y agroquímicos) provoca pérdida de agrobiodiversidad y contaminación de tierras, aguas y alimentos, afectando la salud de todos, trabajadores rurales y pobladores.

 

Los maíces híbridos, menos aptos para las condiciones ecológicas montañosas y para los platillos tradicionales, ahora pueden llegar contaminados con transgénicos. Los suelos empobrecidos requieren cada vez más fertilizantes, y las plagas y enfermedades, más plaguicidas. La penetración de nuevas pautas de consumo (refrescos y comida chatarra) y el desprecio dominante por las culturas locales merman la salud alimentaria de las familias campesinas y su economía.

 

El modelo económico implantado en México empuja a la migración temporal o permanente, lo que genera un rompimiento en la transmisión de los conocimientos. Todas éstas y otras amenazas rebasan el ámbito familiar y sólo pueden enfrentarse con un tejido social vigoroso, con acuerdos comunitarios sólidos y con estrategias intercomunitarias, regionales y en escala nacional.

 

Miles de comunidades y organizaciones a lo largo y ancho del país llevamos años demostrando que es posible avanzar hacia la reconstrucción de la base de la vida en el campo con prácticas sustentables, empezando por satisfacer la necesidad primordial de agua y alimentación. En el GEA refrendamos este compromiso partiendo del reconocimiento de la ciencia campesina, un cúmulo extraordinario de saberes y prácticas heredado por cientos de generaciones.

 

Año tras año, las familias recrean sus milpas en complejos sistemas de asociación y rotación de cultivos (maíz-frijol-calabaza-chile-tomate y otros) adaptados a una multitud de nichos agroecológicos y gustos culinarios, y auspician tanto plantas silvestres que complementan su dieta básica (quelites) y tienen otros usos (medicinales, ornamentales, repelentes de plagas) como insectos benéficos.

 

En los solares también se reflejan los saberes campesinos para diversificar las fuentes alimenticias y otros satisfactores, e igualmente en la caza y la recolección en el monte y las áreas de pastoreo. Todo el territorio provee, en mayor o menor grado, los alimentos y el agua requeridos. La comida, además de un acto cultural, es un asunto territorial.

 

En dos décadas de acompañamiento a comunidades indígenas y campesinas de las montañas de Guerrero, más de mil familias de una treintena de comunidades han emprendido el camino de la recuperación de su autonomía alimentaria e hídrica, desde la restauración de los suelos, su fertilidad y su salud, la conservación y el buen manejo del agua, el cuidado y mejoramiento continuo de las semillas nativas o criollas, hasta el rescate de la comida tradicional, sana y diversa.

 

Parcelas que ya no producían nada han vuelto a abastecer el consumo familiar de maíz y frijol; en otras que rendían menos de una tonelada de maíz por hectárea ahora se cosechan más de dos y hasta 3.5 toneladas, y eso que son de temporal y se hallan en laderas. En decenas de huertos familiares y colectivos, las mujeres intensifican la disponibilidad de alimentos para sus familias y algunas venden sus excedentes en la comunidad.

 

Con una visión integral del territorio se han protegido y recuperado decenas de manantiales; restaurado barrancas; reforestado montes, entornos de parcelas y solares; construido obras de saneamiento, de captación de lluvia, filtros de agua potable, estufas ahorradoras de leña en casas y escuelas, entre otras acciones comprendidas en la planeación comunitaria, propiciada con la reflexión y la formación basadas en un verdadero diálogo de saberes.

 

Hablamos de agroecología comunitaria porque se trata de que la información y las opciones fluyan para todos y todas, y que las decisiones se tomen en las instancias comunitarias, en asambleas, con la participación comprometida de las autoridades locales, los comités comunitarios de agua, reforestación y padres de familia, y de los demás actores, en especial de mujeres y hombres promotores, animadores y experimentadores agroecológicos; de colectivos de mujeres; de maestros, niños, niñas y jóvenes, y de los ancianos ansiosos por transmitir sus conocimientos y vivencias y por ver que sus territorios no sean abandonados por los hijos ni les sean despojados bajo múltiples engaños.

 

En estos andares constatamos la importancia de recuperar las experiencias que aún viven en la memoria y la historia de cada persona, cada familia, cada comunidad. Comprobamos que la fortaleza de las instituciones y los sistemas normativos de los pueblos es esencial para preservar el tejido social, las culturas y la Naturaleza como un bien común.

 

La confianza en lo propio se va recuperando a medida de que se ven y se comparten los buenos resultados. La autonomía alimentaria de las familias y sus comunidades es parte del manejo comunitario del territorio y del camino hacia la sustentabilidad y la soberanía alimentaria del país. Su defensa es integral y propositiva.

Ultima actualización (Viernes 11 de Julio de 2014 08:16)

 
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