postheadericon RETOS Y ALTERNATIVAS PARA LOS PEQUEÑOS PRODUCTORES Y CONSUMIDORES

La Alianza por la Salud Alimentaria efectuó, el 26 y el 27 de mayo,

el Foro Del pequeño productor al consumidor: diversidad y nutrición.

Allí, nuestra compañera Cati Marielle presentó la ponencia

Alimentos sanos y diversos para tod@s: herencias, amenazas,

retos y alternativas. Gracias a la gentileza de la ASA, les ofrecemos

el último apartado de la ponencia de Cati como una invitación

a leerla completa.

 

La batalla en defensa de los derechos individuales y colectivos de los campesinos y de todas las personas (derechos económicos, sociales, culturales y ambientales) se libra en condiciones de total desigualdad en contra de los poderes fácticos que actúan en contubernio con el aparato de Estado a su servicio. La violación sistemática de nuestros derechos, ampliamente documentada y presentada en juzgados e instancias internacionales, requiere mayor difusión entre la población. El derecho a la información es un tema clave, pues sólo con una conciencia social aguda sobre el origen de nuestros males en la agricultura y en la alimentación, podremos consolidar la organización de otros modos en distintos niveles, desde cada familia, barrio, comunidad, pueblo, región, escuela, universidad, etcétera.

Es necesario conocer las opciones que existen tanto en el campo como en la ciudad, porque abren los horizontes posibles para que muchos se inspiren y se animen a probar nuevos caminos, emprender nuevas alternativas y acciones colectivas.

Son innumerables las experiencias agroecológicas que demuestran que los suelos más erosionados pueden recuperar su fertilidad en forma natural: parcelas que ya no producían volvieron a abastecer el consumo familiar de maíz y frijol en las montañas de Guerrero; hemos podido experimentar y comprobar que la producción de maíz en milpa de temporal puede duplicarse y hasta triplicarse con métodos ecológicos, y que los manantiales pueden revivir con medidas de conservación de suelos y agua y con el cuidado de los montes.[1]

Es cierto que familias campesinas que tienen suficientes parcelas para producir excedentes para los mercados locales o regionales, muchas veces optan por dejarlas en descanso porque no se paga su esfuerzo de restauración de suelos, de rescate y cuidado de variedades nativas. Viéndose forzadas a malbaratar sus cosechas, al mismo precio que un maíz híbrido cultivado con agroquímicos, sencillamente prefieren orientarse a otras actividades.

Vemos ahí un gran desafío tanto para el productor como para el consumidor: ¿Cómo hacerle para que los buenos maíces (y otros alimentos), heredados de los abuelos, cultivados con prácticas sustentables, sean reconocidos sin tener que pasar por costosos procesos de certificación orgánica inaccesibles para la mayoría de los pequeños productores, y para que sean revalorados sin volverse inalcanzables para la mayoría de los compradores?

Existen múltiples y muy diversas iniciativas de alianzas solidarias entre productores y consumidores, círculos, redes, cooperativas de producción-consumo, en las que el reto es hacer prevalecer la corresponsabilidad basada en el vínculo entre unos y otros. Es importante mirar estas experiencias para animarnos a participar, a crear nuevos espacios y nuevos vínculos, a romper los viejos vicios, a ejercer nuestro derecho a la libre elección, a pasar la voz y organizar el boicot a los productos nefastos y las empresas que los promueven.

En la lucha contra los transgénicos y los agrotóxicos es esencial la organización comunitaria del territorio, escalando a niveles intercomunitarios y con enfoque de cuenca, porque todo lo que sucede en una cuenca tiene consecuencias negativas o positivas para todos quienes la habitan. Para contrarrestar la invasión transgénica, el trabajo comunitario empieza con no dejar entrar semillas desconocidas a los territorios, pero debe también vincularse con la organización y la lucha a escalas más amplias: regional, nacional e internacional.

La reconstrucción de la autonomía y la soberanía alimentaria es un reto tan inconmensurable como imprescindible que nos involucra a todos y todas. Los pequeños productores, las familias campesinas, los pueblos originarios y las comunidades no pueden cargar sobre sus hombros todo el peso de la recuperación de una alimentación y un ambiente sanos para tod@s; ellos y ellas son los primeros indispensables, pero todos comemos, todos contamos y todos hemos de participar decididamente en esta reconstrucción. Por ello, en la acción colectiva jurídica emprendida en contra del maíz transgénico desde 2013, decimos que la Colectividad somos todas las personas que comemos maíz, es decir, todo el pueblo de México, y en la Campaña Sin maíz no hay país reivindicamos la prevalencia del maíz en la milpa y de los alimentos campesinos.

 


[1] Ver ¡SAS! Una experiencia campesina hacia sistemas alimentarios sustentables. C. Marielle (coord.). GEA, 2008, y Morral campesino. Hacia una agroecología comunitaria. C. Marielle et al. (coords.). GEA, 2012.


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