ORGANIZACIONES DE LA SOCIEDAD CIVIL

RESPALDAN A GREENPEACE EN SU DEFENSA DE LA

AGRICULTURA ECOLÓGICA Y CULTURALMENTE ACEPTABLE

 

El 11 de julio se dio a conocer una carta de apoyo de OSC y

personalidades mexicanas a Greenpeace en su destacada labor

por frenar la siembra de cultivos transgénicos en el mundo.

Como firmantes de la carta y partícipes en la defensa de la

agricultura campesina y los cultivos nativos, en particular el maíz,

contribuimos a su difusión.


Organizaciones de la sociedad civil de México que trabajamos por la defensa de los derechos humanos y el medio ambiente deseamos expresar nuestro apoyo y solidaridad a Greenpeace y a otras organizaciones de la sociedad civil respecto de la labor que han hecho para detener el avance de cultivos transgénicos a nivel mundial.

Consideramos un error abordar el problema de la siembra de organismos genéticamente modificados (OGM) desde una perspectiva productivista, aislada de los contextos donde se inserta. Asimismo, es un error considerar que convertir al planeta en un enorme granero transgénico es la solución al hambre en el mundo, siendo que diversos estudios sustentan que la agricultura campesina sostenible puede alimentar al mundo1 y contribuir a enfriar el planeta.2 Este fenómeno debe ser analizado desde una óptica integral, que parta del reconocimiento de que apostar por la agricultura intensiva con transgénicos no sólo agrava el problema de la deforestación, del acceso y disponibilidad del agua y de agotamiento del suelo, sino que modifica la estructura socioeconómica y cultural de las naciones. Un claro ejemplo de esta situación es el acelerado proceso de desertificación que ocurre en el norte del estado de Campeche, principalmente ocasionado por el cultivo intensivo de soya transgénica.

Coincidimos con el argumento expuesto por Greenpeace en su carta de respuesta a los premios Nobel,3 en el sentido de que el problema del hambre a nivel mundial responde básicamente a cuestiones políticas y al modelo económico global prevaleciente. El hambre “no está relacionada en lo absoluto con la producción de alimentos sino con su distribución”.4 De igual forma, es una realidad que más de tres cuartas partes de los cultivos transgénicos comercializados actualmente se destinan a animales y biocombustibles, no al consumo humano.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) refiere en un informe elaborado al respecto5 que la agricultura ecológica es una alternativa viable para satisfacer la necesidad de alimento. En sentido contrario, respecto de los OGM, la ONU advierte que “En los países en desarrollo especialmente, muy frecuentemente instrumentos como las patentes están creando costos prohibitivos, amenazando con restringir la experimentación realizada por el agricultor individual o por los investigadores públicos y pueden, potencialmente, socavar las prácticas locales encaminadas a mejorar la seguridad alimentaria y la sostenibilidad económica”.

En este mismo sentido el relator de Naciones Unidas para el derecho a la alimentación ha estudiado la cuestión y ha manifestado que “La agroecología es un modo de desarrollo que no sólo presenta fuertes conexiones conceptuales con el derecho a la alimentación sino que, además, ha demostrado que da resultados para avanzar rápidamente hacia la concreción de ese derecho humano para muchos grupos vulnerables en varios países y entornos. Por otra parte, la agroecología ofrece ventajas que se complementan con enfoques convencionales más conocidos, como la selección genética de variedades de alto rendimiento, y contribuye enormemente al desarrollo económico más amplio”.6

Es importante precisar que el problema no es la biotecnología per se, sino la forma como es utilizada bajo una lógica de agricultura industrial desmedida que lleva aparejadas situaciones como el acaparamiento de tierra, la contaminación, la pérdida de agrobiodiversidad y la transformación de la gastronomía regional, entre otros.

Preocupa especialmente que la capacidad de poseer y patentar material genético en materia alimenticia se encuentra en muy pocas manos. Sólo cinco empresas (Monsanto, Syngenta, Bayer, Dow-DuPont-Pioneer y BASF) tienen el control del 60 % del mercado mundial de semillas, del 76 % de plaguicidas y abonos y del 100 % de los cultivos transgénicos, cuestión que puede llegar a afectar de manera importante la soberanía alimentaria y los derechos fundamentales de los campesinos y pueblos indígenas como la identidad cultural, la autonomía y el acceso a los recursos naturales tradicionalmente manejados.

 

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